1. Seres de noche
El modo en que se ha dispuesto la secuencia de estos documentos quedará patente al leerlos. Se han eliminado todas las cuestiones innecesarias con el fin de que el relato se pueda presentar como meros hechos. He recopilado y organizado estos documentos que he obtenido de entre quienes tenían el conocimiento de lo sucedido y albergaban el deseo de compartirlo: una época sombría y extraordinaria.
Ordenadas de acuerdo a fechas escritas en los diarios, el lector hallará mis narraciones con el fin de crear un todo. Y saque de ello las conclusiones que desee. Tengo la plena convicción de que los sucesos aquí descritos acontecieron realmente, no cabe la más mínima duda, por increíbles e incomprensibles que puedan parecer a primera vista.
EMILIO CARTER, MEMENTO MORI
Extraído del prefacio original,
escrito recientemente, eliminado de su publicación.
DEL DIARIO DE MARIE JONES
PARIS, FRANCIA. JULIO 10 DEL AÑO 1887
Mr. Cameron Murray, el constructor, era hombre de semblante adusto jamás iluminado por una sonrisa, frío, parco y reservado en la conversación, torpe en la expresión del sentimiento, enjuto, largo, seco y melancólico, y, sin embargo, lograba despertar afecto. En las reuniones de amigos y cuando el vino era de su agrado, sus ojos irradiaban un algo eminentemente humano que no llegaba a reflejarse en sus palabras pero que hablaba, no sólo a través de los símbolos mudos de la expresión de su rostro en la sobremesa, sino también, más alto y con mayor frecuencia, a través de sus acciones de cada día.
Consigo mismo era austero. Cuando estaba solo bebía ginebra para castigar su gusto por los buenos vinos, y, aunque le gustaba el teatro, no había traspuesto en diez años el umbral de un solo local de aquella especie. Pero reservaba en cambio para el prójimo una enorme tolerancia, meditaba, no sin envidia a veces, sobre los arrestos que requería la comisión de las malas acciones, y, llegado el caso, se inclinaba siempre a ayudar en lugar de censurar. —No critico la herejía de Caín —solía decir con agudeza—. Yo siempre dejo que el prójimo se destruya del modo que mejor le parezca. —
Dado su carácter, constituía generalmente su destino a ser la última amistad honorable, la buena influencia postrera en las vidas de los que avanzaban hacia su perdición y, mientras continuaran frecuentando su trato, su actitud jamás variaba un ápice con respecto a los que se hallaban en dicha situación.
Indudablemente, tal comportamiento no debía resultar difícil a Mr. Cameron por ser hombre, en el mejor de los casos, reservado y que basaba su amistad en una tolerancia sólo comparable a su bondad. Es propio de la persona modesta aceptar el círculo de amistades que le ofrecen las manos de la fortuna, y tal era la actitud de mi esposo.
Sus amigos eran, o bien familiares suyos, o aquellos a quienes conocía hacía largos años. Su afecto, como la hiedra, crecía con el tiempo y no respondía necesariamente al carácter de la persona a quien lo otorgaba. De esa clase eran sin duda los lazos que le unían a Mr. Emilio Carter, o como le gustaba que Cameron lo llamase; Milo Carter, lejano amigo suyo y hombre muy conocido en toda la ciudad. Eran muchos los que se preguntaban qué verían el uno en el otro y qué podrían tener en común.
Todo el que se tropezara con ellos en el curso de sus habituales paseos dominicales afirmaba que no decían una sola palabra, que parecían notablemente aburridos y que recibían con evidente agrado la presencia de cualquier amigo. Y, sin embargo, ambos apreciaban al máximo estas excursiones, las consideraban el mejor momento de toda la semana y, para poder disfrutar de ellas sin interrupciones, no sólo rechazaban oportunidades de diversión, sino que resistían incluso a la llamada del trabajo.
Desde hace algunos días he estado pensando en mi muy reciente vida de casada con el señor Cameron, él, aunque suele ser muy dulce, todas las noches antes de dormir, se coloca entre mis piernas. Su virilidad se endurece con suma facilidad dentro de mi cuerpo, es como si el deseo llegara tan pronto cuando me ve.
La señora Jenkins dice que se trata de la impaciencia por tener un hijo, dice que si concibiera un hijo no me sentiría tan sola cuando Cameron no está. Ella se preocupa por mí, todas las mañanas después del acto aparece con infusiones que me ayudaran a concebir, desafortunadamente, los brebajes no hacen más que provocar vómito y un leve sangrado a la mañana siguiente. Por eso es que escribí a mi madre esperando que sus consejos sirvan más que los de la señora Jenkins.
Estoy ansiosa y me calma expresarme por escrito; es como susurrarse a sí mismo y escuchar al mismo tiempo. Este miércoles no he recibido noticia de Cameron. Me estoy poniendo intranquila por él, aunque no sé exactamente por qué; pero sí me gustaría mucho que escribiera, aunque sólo fuese una línea. Su trabajo en ese astillero lo saca de casa al menos cuatro días por semana, luego regresa por uno y vuelve a irse en la tarde de ese mismo.
Durante la noche anterior, un ave muy peculiar se acercó a mi ventana, digo peculiar porque se trataba de un cuervo, aquí no hay muchos, pero ese era un muy majestuoso y enorme cuervo, con el plumaje tan brillante como los lustres de un zapato. Estaba empeñado en tocar el cristal cada que intentaba cerrar la ventana.
Sus profundos ojos negros son lo más fascinante del ave, es muy hermosa, la señora Jenkins ha concordado conmigo, inclusive me ha dicho que intente acariciarlo que no pasara nada malo, que el cuervo es un sirviente más de la noche y ellos no dañan a personas tan dulces y lindas como yo.
Temprano esta mañana nos levantamos las dos y bajamos hasta el puerto para ver si había sucedido algo durante la noche. Había muy poca gente en los alrededores, y aunque el sol estaba brillando y el aire estaba claro y fresco, las grandes olas amenazantes, que parecían más oscuras de lo que eran debido a que la espuma las coronaba con penachos de nieve, se abrían paso a través de la estrecha boca del puerto, como un hombre que camina a codazos entre una multitud. Sin razón aparente me sentí contenta de que Cameron no hubiera estado en el mar, sino en tierra. Pero ¡oh!, ¿está en tierra o en mar? ¿Dónde está él, y cómo? Me estoy poniendo verdaderamente ansiosa por su paradero. ¡Si sólo supiera lo que debo hacer, y si pudiera hacer algo!
ULTIMO PASAJE DEL DIARIO DE MARIE JONES
PARIS, FRANCIA. JULIO 15 DEL AÑO 1887
Durante la noche un sonido se presentó en mi alcoba, una vez más estaba sola.
Abrí la ventana y ahí estaba, esa preciosa ave, esta vez se asustó, pues enseguida traté de abrir la ventana, este se fue volando. Lo curioso es lo que había debajo, un hombre de larga vestimenta mirándome a lo lejos.
Sentí temor.
Pero a la vez fascinación, pues su piel brillaba como si estuviera hecha de porcelana. Si le contara esto a Cameron seguramente diría que se debe a que permanezco sola mucho tiempo y comienzo a imaginarme cosas de más.
DEL DIARIO DE CAMERON MURRAY
PARIS, FRANCIA. JULIO 25 DEL AÑO 1887
Marie camina más que nunca, y cada noche me despierto debido a que anda de arriba abajo por la habitación. Hace girar la puerta, y al encontrarla cerrada con llave, va a uno y otro lado del cuarto buscando la llave. Afortunadamente el tiempo está tan caluroso que no puede resfriarse; pero de todas maneras la ansiedad y el estar perpetuamente despierta están comenzando a afectarme, y yo mismo me estoy poniendo nervioso y padezco un poco de insomnio. Por suerte mi trabajo en el astillero ha terminado y puedo estar con ella mucho más tiempo.
Me asusté cuando la vi en mi regreso, pálida y perdiendo peso, tenía ojeras y su cabello se había vuelto áspero. La señora Jenkins había dicho que se trataba de depresión por no verme como ella deseaba, que ella apenas era una niña, y que una esposa joven debía estar con su esposo y no viendo por la ventana cosas malignas y seres de noche.
01 DE AGOSTO
Gracias a Dios, la salud de Marie se sostiene. Marie se impacienta por la cercanía de la señora Jenkins, pero no le afecta en su semblante, está un poco más gorda y sus mejillas tienen un color rosado encantador. Ha perdido el semblante anémico que tenía los días atrás. Rezo para que todo siga bien. La última semana Marie ya no ha caminado tanto en sueños, pero hay una extraña concentración acerca de ella que no comprendo; hasta cuando duerme parece estarme observando.
Hoy es un día gris, y mientras escribo el sol está escondido detrás de unas gruesas nubes, muy alto sobre el distrito. Todo es gris, excepto la verde hierba, que parece una esmeralda en medio de todo; grises piedras de tierra, nubes grises, matizadas por la luz del sol en la orilla más lejana.
Marie pasó toda la noche muy intranquila, y yo tampoco pude dormir. La tormenta de anoche fue terrible, y mientras retumbaba fuertemente entre los tiestos de la chimenea, me hizo temblar. Al llegar una fuerte ráfaga de viento, parecía el disparo de un cañón distante.
Cosa bastante rara, Marie no se despertó; pero se levantó dos veces y se vistió. Por fortuna, en cada ocasión me desperté a tiempo y me las arreglé para desvestirla sin despertarla, metiéndola otra vez en cama. Es cosa muy rara este su sonambulismo, pues tan pronto como su voluntad es frustrada de cualquier manera física, su intención, si es que la tiene, desaparece, y se entrega casi exactamente a la rutina de su vida.
03 DE AGOSTO
Mis predicciones fueron erróneas, pues dos veces durante la noche fui despertado por Marie, que estaba tratando de salir. Parecía, incluso dormida, estar un poco impaciente por encontrar la puerta cerrada con llave, y se volvió a acostar profiriendo quejidos de protesta.
Desperté al amanecer y oí los pájaros piando fuera de la ventana. Marie despertó también, y yo me alegré de ver que estaba incluso mejor que ayer por la mañana. Toda su antigua alegría parece haber vuelto, y se pasó al lado de la cama apretujándose a mi lado para contarme cómo estaba ansiosa por los últimos días que pase en el astillero, y el cómo verdaderamente le pasaba no poder concebir un hijo todavía; y entonces, trate de consolarla. Bueno, en alguna medida lo conseguí, ya que, aunque la conmiseración no puede alterar los hechos, sí puede contribuir a hacerlos más soportables.
03 DE AGOSTO, POR LA NOCHE
Hemos pasado el día muy contentos.
El aire estaba claro, el sol brillante y había una fresca brisa. Llevamos nuestro almuerzo a los bosques de Boulogne; el señor Wallece conduciendo por el camino, Marie y yo caminando por el sendero del desfiladero y encontrándonos con él en la entrada. Yo me sentí un poco triste, pues pude darme cuenta de cómo hubiera sido absolutamente feliz si Marie y yo hubiéramos tenido ya a un bebé a nuestro lado.
Pero ¡vaya! Sólo debo ser paciente, quizás hasta que Marie comience a sentirse mejor.
Mas tarde dimos una caminata hasta el Rue de Poissy, y escuchamos alguna buena música por Saint-Saëns y Delibes, y nos guardamos en nuestro hogar muy temprano. Marie parece estar más tranquila de lo que había estado en los últimos tiempos, ¡vaya! Hasta ha decidido volver a tocar el piano.
—Deberías volver a la cama. —Insistí mientras le acariciaba la espalda a Marie.
— ¿Acaso el piano es más importante que tu esposo? —Le sonreí amablemente y después me recargué sobre el piano el cual Marie tocaba para mí. Ella solo podía sonreír mientras sus dedos tocaban las teclas del piano; recuerdo lo fascinado que me parecía al verlos danzar sobre el brilloso color blanco.
Su cabello color castaño, su piel excesivamente blanca, esas mejillas regordetas con un suave tono rosado, sus enormes ojos color verde brillante y ni hablar de esa sonrisa tan blanca y perfecta como ninguna otra. Marie definitivamente es la mujer de mi vida.
— Mi esposo es más importante, o casi igual que las artes. —Me respondió Marie con un tono dulce y amable sin despegar la mirada de las octavas, a veces solo se le veía cerrarlos para degustar de la propia sonata. Parecía triste, una canción en do sostenido, reflejaba dolor apenas la escuchaba, sin embargo, yo realmente disfrutaba aquella música tanto como verla a ella tocarla.
Las teclas parecían ser una sola, pues Marie no tenía error alguno cuando sus dedos se presionaban contra ellas. Segundos más tarde reconocí la canción que estaba tocando;
—¡Ahhh! Moonlight sonata. — Le dije en un tono de voz alto mientras servía un vaso con cierto licor que tenía sobre una mesa, desafortunadamente el golpe del cristal hizo que la melodía terminara en un ruido horrible.
—No se rompe el silencio si no es para mejorarlo. —Respondió Marie una vez más volviendo a retomar la melodiosa música.
—Dicen que fue compuesta para su alumna, la condesa Giulietta Guicciardi. —La suave voz de Marie se hizo presente en el salón, ella sonreía en las ocasiones cuando yo la veía, con tan dulce música, no tenía otra forma más que sonreír igual que ella, recordaba lo que me había dicho anteriormente de no romper el silencio. —Tenía 17 años. —Comentó nuevamente.
—Beethoven y yo compartimos esa característica. —Respondí en medio de una pequeña risa, bebiendo enseguida el último sorbo de alcohol del pequeño vaso de cristal entre mis manos.
Marie y yo hemos contraído nupcias hace apenas diez meses atrás, la familia de mi ahora esposa habían quedado en la ruina. Los Jones tuvieron que ofrecer a la más joven de sus hijas como cabeza de ganado. Afortunadamente mi muy afamada y adinerada familia, no tenía problema en [comprar] ayudar a uno de sus grandes amigos. Pronto, Marie Jones paso a ser Marie Murray Jones, tiene dos años más que la joven duquesa Guicciardi, sin embargo, es menor que yo por un año.
Puedo decir que tuvo la suerte de casarse conmigo, y no con un arrugado y nada atractivo lord. Mi apariencia no está muy lejos de ser lo que las señoras y doncellas de sociedad dicen, complexión atlética, muy buen mozo, una melena prominentemente larga de color cobrizo oscuro, ojos de un profundo azul. Y, por si fuera poco, letrado, amante de la pintura y el dibujo, con una profesión poco convencional, muy poco conocido por el momento, pero como uno de los arquitectos prometedores de la época. Además, Marie realmente también es una apasionada por las artes, sobre todo por la música y la pintura.
Mis ojos estaban por cerrarse, la causa realmente no la sé, pero quizás el combinar esa dulce melodía y el vaso de absenta que había bebido en tan solo dos sorbos no fue la mejor de las opciones.
— No demores. —Le dije mientras le daba un beso sobre la frente. Coloque el vaso en su sitio y así me retire por las escaleras, perdiéndome entre los pasillos que me llevaban a la habitación.
Durante mi recorrido hasta la habitación la melodía no dejo de escucharse, a ciencia cierta desconozco la hora en la que termine durmiendo y en la que Marie dejo de tocar. Después de un tiempo indefinido un aparatoso trueno hizo que la luz de la casa se perdiera. Debido a la época muy pocas casas contaban con la luz eléctrica, más aún, aquella no era del todo viable, pues situaciones como fuertes vientos o una lluvia intensa hacia que ésta se perdiera de un instante a otro.
Los ruidos que se suscitaban en la parte baja de la casa me hicieron despertar, las ventanas se habían abierto gracias a los fuertes vientos que azotaban la ciudad aquella noche.
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