1. Tormenta y tempestad
16 años atrás...
Aioros e Hilda eran muy unidos, no había quienes no dijeran que cuando ellos dos estaban juntos todo el entorno olía a problemas. Él era mayor que ella por cuatro años, sabía andar de arriba a abajo por toda la ciudad, y ella por su baja estatura y pequeña complexión, podía meterse en cualquier lugar que quisiera.
Aioros con el cabello castaño, una boina color roja y sus radiantes ojos verdes incitaban a Hilda, cuyo cabello platino brillaba como torrente de acero, a escabullirse hasta el cabo Sounion. Con 65 kilómetros de por medio, Aioros e Hilda viajaban casi hora y media en autobús para llegar a su destino. Una vez que llegaban, permanecían jugando a la orilla del mar, muy cerca de donde las olas chocaban con la pila de rocas del cabo y donde la arena no era más blanca que la nieve.
Aquel día, al caer la tarde, se les vino encima a la par de una tormenta eléctrica de gran magnitud. El cielo parecía rugir con los aparatosos rayos que iluminaban el cielo. Aioros tomó con fuerza la mano de Hilda, y enseguida, corrieron entre la arena de la costa, pero antes de poder avanzar un paso más, un rayo partió el cielo, yendo a caer directamente frente a ellos. Ambos pequeños se asustaron, Hilda no paró de gritar hasta que Aioros le abrazó con fuerza, un hoyo de al menos treinta centímetros de diámetro se abrió frente a ellos. El humo brotaba del pequeño cráter.
— Tranquila, todo estará bien. — Le decía el castaño mientras sus brazos rodeaban el cuello de la menor. — Mira Hilda, mira lo que le pasa a la arena. — Aioros la soltó y enseguida se dejó caer sobre sus rodillas observando el cráter que se abrió ante sus ojos.
Hilda lo imitó, y cuando más decidida estaba a tocar la arena donde el rayo había caído, Aioros la detuvo —Cuidado, no lo toques, está caliente. —
Hilda se asustó aún más con la advertencia del mayor, a lo que simplemente dijo — Es peligroso que estemos aquí, Aioros. ¡Vamos a casa, mamá va a matarme! —
—No, aquí estamos a salvo, un rayo no cae dos veces en el mismo lugar. Oye Hilda, ¿Te casarías conmigo?— decía el castaño entre pequeños gritos para que sus palabras fueran audibles, en medio de la tormenta. Hilda no dijo nada, simplemente salió corriendo en busca del camino de regreso a casa; Aioros la siguió insistiendo
— ¿No quieres contestar o no quieres ser mi esposa ?— Aioros corrió detrás de ella tratando de alcanzarla.
—¡Aioros Fotsis tengo ocho años; me falta mucho por vivir! — decía ella. El cielo se iluminó nuevamente, la albina quedó asombrada, sonrío y enseguida pregunto: —¿Y porque quieres ser mi esposo, Aioros? —
El chico se sonrojó y sonrío para la más baja —Así te besaría cuando quisiera. — Le rodeó el cuello con sus manos y la atrajo hasta él, dejando un pequeño beso sobre los diminutos labios de Hilda. Un beso puro e inocente entre niños, daba como inicio una futura y encantadora historia de amor.
Hoy en día...
Hilda se despertó de golpe, había soñado nuevamente con aquel día en la playa. Los rayos desgarradores y la lluvia tan torrencial que los encontró en el camino a ella y a Aioros cuando eran más que unos niños, se proyectaban a través de las ventanas de su estudio. Bajo su mejilla un par de hojas con unos cuantos diseños de vestidos y prendas de gala se encontraban, y entre sombras, las personas se movían de un lado hacia otro preparando prendas y listones para el siguiente día. Todo estaba marcado bajo las iniciales de HS de Hilda Svendsen.
Poco a poco el sueño se disipó, ahora era una adulta, era dueña de su propio estudio de diseño de modas donde no solo era accionista mayoritaria, sino que era la encargada de todos los diseños. Habían pasado siete años, de los cuales, cuatro se dedicó a estudiar la carrera de modas y trabajar medio tiempo, y los otros tres los pasó perfeccionando sus creaciones hasta lograr convertirse en la mayor exponente modas en Noruega.
Pasaron un par de horas más, la lluvia cesó, la temperatura descendió y cuando finalmente todo estaba listo, Hilda recibió una llamada, con una enorme sonrisa en el rostro atendió el teléfono; —¿Ya estás en la puerta? iré enseguida, cariño. Te amo. — y dicho aquello, tomó su abrigo del perchero, lo colocó sobre sus hombros al igual que una bufanda. En Noruega todo era muchísimo más frío que en cualquier otro lado. Y durante el invierno, la ciudad capital de Oslo sólo recibía cuatro horas de luz.
Hilda se despidió de algunas personas, principalmente de sus socios y colaboradores, en cuanto lo hizo, salió del estudio. Bajo por las escaleras hasta que pudo estar en la puerta del edificio; allí, delante de la acera estacionado estaba el auto de Siegfried Virtanen, su novio. Hilda sonrío, casi parecía haber corrido hasta encontrarse con él, pero para cuando quiso abrir la puerta y lanzarse a sus brazos, el chófer la detuvo.
— El señor Virtanen me pidió que la recogiera, su junta con los senadores se prolongó unos minutos solamente. — explicó con media sonrisa a lo que Hilda asintió.
Ascendió al auto y en silencio observó por la ventana. No dejaba de pensar en el sueño que tuvo en el estudio, las palabras de Aioros y esas promesas que nunca pudo cumplir.
El chófer paro muy cerca de una bodega, parecía estar completamente vacío; alegó que las órdenes de su patrón habían sido llevarla a ese sitio, pues enseguida de su reunión partirían a la cena de beneficencia que habían pactado con su hermano.
Al descender, el chófer la acompañó hasta la puerta de metal y muy pequeña, al entrar, no tardó mucho para que otra persona los recibiera
— Señorita Hilda, buenas noches. Pase por aquí. El señor Virtanen la espera. — Comento amablemente con una sonrisa. A Hilda no le pareció extraño su comportamiento ni su apariencia, aquel hombre lucía impecable con un traje negro. No dejaba de sonreír, le pareció un hombre muy servicial.
En el final del corredor se encontró con Siegfried, estaba vestido de forma casual, con una gabardina negra y su ya conocida corbata azul debajo de ella. El lucir elegante para él era algo más que esencial, pues aquel hombre era dueño de la mitad de las industrias petroleras más importantes del país, el resto le pertenecía a su hermano mayor, Sigmund.
—Hola, preciosa. ¿Tomaste una decisión? — Pregunto Siegfried mostrándole una enorme sonrisa en el rostro. El largo cabello castaño estaba anudado en la parte de atrás con una coleta baja.
— ¿Decisión? — Pregunto ella sin la menor idea de lo que hablaba el más alto.
—Irnos a América en navidad —Siegfried le tomó la mano y le condujo por un pasillo a obscuras llegar a una habitación aún más obscura.
— ¿América, amor? faltan meses para eso — respondió ella con una leve risa, tratando de no perderlo de vista a pesar de estar completamente desubicada por la falta de luz.
Sin previo aviso todo se iluminó en tres pasos, a su alrededor los mostradores se iluminaron, vitrales y aparadores seguían y seguían apareciendo, debajo de los gruesos cristales, brillantes sortijas destellaban. Hilda estaba en una joyería. La sorpresa no se hizo esperar en su rostro, pues justo delante de ella, Siegfried se dejó caer sobre la rodilla.
—¡No puede ser!, ¡No puede ser!, ¡No me digas! — decía ella aún con esa cara de incrédula.
—Hilda, ¿serías mi esposa? — Pregunto Siegfried con su tono de voz amable, en medio de una sonrisa.
—¡Ay no, Sieg! ¿Estás seguro?, porque si no, podemos hablarlo en el auto. Han pasado solo ocho meses. — respondió sin soltarle la mano, Hilda parecía querer llorar, sin embargo, contenía la lagrimas gracias a la sonrisa imborrable en su rostro.
—Siempre hago cosas impulsivas. Así que, a riesgo de ser rechazado, te lo pediré otra vez ¿Te quieres casar conmigo? — Le besó la mano y después se le quedó viendo con esos intensos ojos azules.
—¡Sí, sí, sí, sí! — Respondió Hilda abrillantando una vez más la sonrisa, abalanzándose a él para abrazarlo por el cuello y finalmente depositar un par de besos sobre sus labios.
El masculino correspondió a sus besos indudablemente, sin embargo, aquellos fueron cortados de inmediato para ponerse de pie. —Toma uno — le dijo a la albina, mostrando nuevamente los aparadores llenos de los anillos más preciosos que el hombre podría haber creado.
—¡Ábranlos, ábranlos! — decía el encargado de la joyería, haciendo que todos los empleados pusieran a la vista sus mejores y más costosos anillos de brillantes. Cada uno brillaba más que el anterior, el tamaño del diamante incrementaba y con él, su valor, Hilda no sabía cuál tomar. Definitivamente Siegfried la había puesto en la situación más difícil de toda su vida.
Aioros e Hilda eran muy unidos, no había quienes no dijeran que cuando ellos dos estaban juntos todo el entorno olía a problemas. Él era mayor que ella por cuatro años, sabía andar de arriba a abajo por toda la ciudad, y ella por su baja estatura y pequeña complexión, podía meterse en cualquier lugar que quisiera.
Aioros con el cabello castaño, una boina color roja y sus radiantes ojos verdes incitaban a Hilda, cuyo cabello platino brillaba como torrente de acero, a escabullirse hasta el cabo Sounion. Con 65 kilómetros de por medio, Aioros e Hilda viajaban casi hora y media en autobús para llegar a su destino. Una vez que llegaban, permanecían jugando a la orilla del mar, muy cerca de donde las olas chocaban con la pila de rocas del cabo y donde la arena no era más blanca que la nieve.
Aquel día, al caer la tarde, se les vino encima a la par de una tormenta eléctrica de gran magnitud. El cielo parecía rugir con los aparatosos rayos que iluminaban el cielo. Aioros tomó con fuerza la mano de Hilda, y enseguida, corrieron entre la arena de la costa, pero antes de poder avanzar un paso más, un rayo partió el cielo, yendo a caer directamente frente a ellos. Ambos pequeños se asustaron, Hilda no paró de gritar hasta que Aioros le abrazó con fuerza, un hoyo de al menos treinta centímetros de diámetro se abrió frente a ellos. El humo brotaba del pequeño cráter.
— Tranquila, todo estará bien. — Le decía el castaño mientras sus brazos rodeaban el cuello de la menor. — Mira Hilda, mira lo que le pasa a la arena. — Aioros la soltó y enseguida se dejó caer sobre sus rodillas observando el cráter que se abrió ante sus ojos.
Hilda lo imitó, y cuando más decidida estaba a tocar la arena donde el rayo había caído, Aioros la detuvo —Cuidado, no lo toques, está caliente. —
Hilda se asustó aún más con la advertencia del mayor, a lo que simplemente dijo — Es peligroso que estemos aquí, Aioros. ¡Vamos a casa, mamá va a matarme! —
—No, aquí estamos a salvo, un rayo no cae dos veces en el mismo lugar. Oye Hilda, ¿Te casarías conmigo?— decía el castaño entre pequeños gritos para que sus palabras fueran audibles, en medio de la tormenta. Hilda no dijo nada, simplemente salió corriendo en busca del camino de regreso a casa; Aioros la siguió insistiendo
— ¿No quieres contestar o no quieres ser mi esposa ?— Aioros corrió detrás de ella tratando de alcanzarla.
—¡Aioros Fotsis tengo ocho años; me falta mucho por vivir! — decía ella. El cielo se iluminó nuevamente, la albina quedó asombrada, sonrío y enseguida pregunto: —¿Y porque quieres ser mi esposo, Aioros? —
El chico se sonrojó y sonrío para la más baja —Así te besaría cuando quisiera. — Le rodeó el cuello con sus manos y la atrajo hasta él, dejando un pequeño beso sobre los diminutos labios de Hilda. Un beso puro e inocente entre niños, daba como inicio una futura y encantadora historia de amor.
Hoy en día...
Hilda se despertó de golpe, había soñado nuevamente con aquel día en la playa. Los rayos desgarradores y la lluvia tan torrencial que los encontró en el camino a ella y a Aioros cuando eran más que unos niños, se proyectaban a través de las ventanas de su estudio. Bajo su mejilla un par de hojas con unos cuantos diseños de vestidos y prendas de gala se encontraban, y entre sombras, las personas se movían de un lado hacia otro preparando prendas y listones para el siguiente día. Todo estaba marcado bajo las iniciales de HS de Hilda Svendsen.
Poco a poco el sueño se disipó, ahora era una adulta, era dueña de su propio estudio de diseño de modas donde no solo era accionista mayoritaria, sino que era la encargada de todos los diseños. Habían pasado siete años, de los cuales, cuatro se dedicó a estudiar la carrera de modas y trabajar medio tiempo, y los otros tres los pasó perfeccionando sus creaciones hasta lograr convertirse en la mayor exponente modas en Noruega.
Pasaron un par de horas más, la lluvia cesó, la temperatura descendió y cuando finalmente todo estaba listo, Hilda recibió una llamada, con una enorme sonrisa en el rostro atendió el teléfono; —¿Ya estás en la puerta? iré enseguida, cariño. Te amo. — y dicho aquello, tomó su abrigo del perchero, lo colocó sobre sus hombros al igual que una bufanda. En Noruega todo era muchísimo más frío que en cualquier otro lado. Y durante el invierno, la ciudad capital de Oslo sólo recibía cuatro horas de luz.
Hilda se despidió de algunas personas, principalmente de sus socios y colaboradores, en cuanto lo hizo, salió del estudio. Bajo por las escaleras hasta que pudo estar en la puerta del edificio; allí, delante de la acera estacionado estaba el auto de Siegfried Virtanen, su novio. Hilda sonrío, casi parecía haber corrido hasta encontrarse con él, pero para cuando quiso abrir la puerta y lanzarse a sus brazos, el chófer la detuvo.
— El señor Virtanen me pidió que la recogiera, su junta con los senadores se prolongó unos minutos solamente. — explicó con media sonrisa a lo que Hilda asintió.
Ascendió al auto y en silencio observó por la ventana. No dejaba de pensar en el sueño que tuvo en el estudio, las palabras de Aioros y esas promesas que nunca pudo cumplir.
El chófer paro muy cerca de una bodega, parecía estar completamente vacío; alegó que las órdenes de su patrón habían sido llevarla a ese sitio, pues enseguida de su reunión partirían a la cena de beneficencia que habían pactado con su hermano.
Al descender, el chófer la acompañó hasta la puerta de metal y muy pequeña, al entrar, no tardó mucho para que otra persona los recibiera
— Señorita Hilda, buenas noches. Pase por aquí. El señor Virtanen la espera. — Comento amablemente con una sonrisa. A Hilda no le pareció extraño su comportamiento ni su apariencia, aquel hombre lucía impecable con un traje negro. No dejaba de sonreír, le pareció un hombre muy servicial.
En el final del corredor se encontró con Siegfried, estaba vestido de forma casual, con una gabardina negra y su ya conocida corbata azul debajo de ella. El lucir elegante para él era algo más que esencial, pues aquel hombre era dueño de la mitad de las industrias petroleras más importantes del país, el resto le pertenecía a su hermano mayor, Sigmund.
—Hola, preciosa. ¿Tomaste una decisión? — Pregunto Siegfried mostrándole una enorme sonrisa en el rostro. El largo cabello castaño estaba anudado en la parte de atrás con una coleta baja.
— ¿Decisión? — Pregunto ella sin la menor idea de lo que hablaba el más alto.
—Irnos a América en navidad —Siegfried le tomó la mano y le condujo por un pasillo a obscuras llegar a una habitación aún más obscura.
— ¿América, amor? faltan meses para eso — respondió ella con una leve risa, tratando de no perderlo de vista a pesar de estar completamente desubicada por la falta de luz.
Sin previo aviso todo se iluminó en tres pasos, a su alrededor los mostradores se iluminaron, vitrales y aparadores seguían y seguían apareciendo, debajo de los gruesos cristales, brillantes sortijas destellaban. Hilda estaba en una joyería. La sorpresa no se hizo esperar en su rostro, pues justo delante de ella, Siegfried se dejó caer sobre la rodilla.
—¡No puede ser!, ¡No puede ser!, ¡No me digas! — decía ella aún con esa cara de incrédula.
—Hilda, ¿serías mi esposa? — Pregunto Siegfried con su tono de voz amable, en medio de una sonrisa.
—¡Ay no, Sieg! ¿Estás seguro?, porque si no, podemos hablarlo en el auto. Han pasado solo ocho meses. — respondió sin soltarle la mano, Hilda parecía querer llorar, sin embargo, contenía la lagrimas gracias a la sonrisa imborrable en su rostro.
—Siempre hago cosas impulsivas. Así que, a riesgo de ser rechazado, te lo pediré otra vez ¿Te quieres casar conmigo? — Le besó la mano y después se le quedó viendo con esos intensos ojos azules.
—¡Sí, sí, sí, sí! — Respondió Hilda abrillantando una vez más la sonrisa, abalanzándose a él para abrazarlo por el cuello y finalmente depositar un par de besos sobre sus labios.
El masculino correspondió a sus besos indudablemente, sin embargo, aquellos fueron cortados de inmediato para ponerse de pie. —Toma uno — le dijo a la albina, mostrando nuevamente los aparadores llenos de los anillos más preciosos que el hombre podría haber creado.
—¡Ábranlos, ábranlos! — decía el encargado de la joyería, haciendo que todos los empleados pusieran a la vista sus mejores y más costosos anillos de brillantes. Cada uno brillaba más que el anterior, el tamaño del diamante incrementaba y con él, su valor, Hilda no sabía cuál tomar. Definitivamente Siegfried la había puesto en la situación más difícil de toda su vida.
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