2. El amor de Atenea

A la mañana del día siguiente, una oleada de clamores que rompían el silencio, sacudieron el Santuario. Era el clamor que todos alzaban para alabar a Atenea y celebrar su advenimiento. 

Debido a la conspiración de Saga de Géminis su figura había estado envuelta en un velo de misterio e incluso algunos habían dudado de su existencia, pero ahora, la misma diosa se mostraba ante ellos en toda su hermosura y nobleza. 

Todos los habitantes del Santuario se regocijaban del resultado de la batalla y la victoria de la justicia y rezaban, confiaban en que de ahora en adelante la paz devuelta perduraría para siempre.

Ese era el mismo sentimiento que albergaba Saori. 

El Santuario, que era un lugar que podría considerarse como un punto clave para el mantenimiento de la tierra, se había convertido en un campo de batalla y la sangre de muchos amigos había sido vertida. 

En la dulce y a la vez llena de fuerza sonrisa que Atenea devolvía a los que estaban ante ella no había nadie que pudiera percibir un solo punto oscuro.

Excepto una persona... 

En las afueras del Santuario, en un frondoso bosque se alzaba silencioso un antiguo y pequeño templo que nadie advertía. Era conocido como —La fuente de Atenea—, pero esto no era porque allí existiese una hermosa fuente sino porque el aire de esos alrededores durante miles de años, había parecido como si punzase la piel, helándola. 

Incluso dentro del Santuario podría decirse que casi nadie conocía la existencia de este templo. Era como una UCI (Unidad de Cuidados Intensivos) para caballeros. Y tanto Seiya como sus compañeros, los cinco que habían quedado agonizando tras las graves heridas recibidas en la batalla, ahora estaban siendo atendidos allí en todo lo que fuera posible hacer por ellos. 

En ese bosque de oscuro verdor, con la falda del vestido, completamente blanco, casi transparente, ondeando tras ella, Saori andaba presurosa. 

—Imaginaba que vendrías Atenea— Ante ella Mu le cortaba el paso.

Mu, en ese momento, no pasó por alto en la expresión de Saori el miedo que por un instante apareció en su rostro. El miedo de quien se cree culpable de un terrible crimen, algo que no era propio de Atenea. 

—Por supuesto Mu…. como Atenea que soy, es natural que me preocupe por el estado de mis caballeros, los caballeros de Atenea. Además, es por mi culpa que ellos…. —

—Si son caballeros es normal que sean heridos en nombre de Atenea e incluso aunque mueran en su nombre deben sentirse satisfechos por ello. Eso es algo que debéis ya saber bien. —

Mu estaba leyendo su corazón y comprendía perfectamente que la muchacha que estaba ante él no era Atenea, era Saori Kido. 

 —Pero si llegara a perder a Seiya yo... —

Sólo con pensarlo su autodominio se volvía incluso más frágil que el vestido de seda que llevaba. 

—Por favor, apártate Mu—. 

—No está permitido que el amor de Atenea sea vertido sobre un solo caballero.... el amor de Atenea debe ser para todos sus caballeros por igual. —

Saori trató de escabullirse de Mu, pero por alguna razón sus piernas parecían estar atadas por alambres y no podía moverse.

—El amor de Atenea.... sólo en un caballero... en uno... — 

Saori tenía la sensación de poder oír los gemidos y el débil latido del pulso de Hyoga, Shiryu, Shun e Ikki que junto con Seiya permanecían tendidos sin sentido en la fuente de Atenea, intentando con todas sus fuerzas volver a hacer arder la llama de sus vidas que se desvanecía. 

Y no sólo eran ellos, el corazón de Saori se compungía al recordar los numerosos caballeros que por Atenea habían caído y vertido su sangre. Ante esta situación Mu le explicó a Saori el origen del nombre de la fuente de Atenea.

En los tiempos mitológicos, cada vez que tenía lugar una guerra sagrada, los caballeros que recibían heridas mortales eran llevados a ese templo. Se decía que un golpe de los caballeros podía desgarrar el aire, romper el suelo. Incluso los que llevaban armadura de bronce en un segundo podían lanzar más de 100 golpes que rebasaban la velocidad del sonido. Los caballeros de plata podían lanzar el doble o incluso el triple, y con respecto a aquellos que portaban las armaduras doradas se decía que podían lanzar más de 100 millones de golpes que alcanzaban la velocidad de la luz. 

Por tanto, sus combates eran algo inimaginable y así mismo el daño que podían recibir no podía ser poco. La estructura de la materia, es decir el fundamento de la misma era atacada y se llegaba a romper por lo que ni siquiera los médicos actuales podrían posiblemente salvar a la mayoría de los heridos en estas luchas. 

Muchos de los caballeros heridos, esperaban apaciblemente en este templo del Santuario, que era como su segunda casa, a que la muerte viniera a buscarlos. Pero entonces, dice la leyenda, que desde las lejanas alturas de la estatua de Atenea cayó una lágrima

Una lágrima que era como un cosmos dorado que humedecía un reseco desierto, como si de un oasis se tratara. Este cosmos envolvió todo el templo y sus alrededores y se dice que todos los caballeros se recobraron de sus heridas salvando sus vidas.

Saori, aún con dolor, comprendió bien el sentido de lo que Mu quería indirectamente decirle con esa historia. Al volverse y mirar hacia el cielo, a través de los frondosos árboles, podía ver la expresión noble y a la vez dulce de la estatua de Atenea

—Ya no sois una simple joven, como la reencarnación de Atenea en esta época moderna donde todavía pululan las fuerzas malignas tendréis que librar muchas batallas—. 

Esta vez no miró a Saori directamente por el contrario permaneció con la mirada apartada de ella quizá con respeto como si esa fuera la prueba de que la reconocía como Atenea y la veneraba o tal vez fue producto de un extraño presentimiento al percibir que desde la lejanía la estrella polar había empezado a emitir un cosmos inquietante. 

Finalmente, tras hacer a Saori una respetuosa reverencia Mu desapareció entre los árboles. 

Al poco Saori siguió el consejo de Mu y volvió a la mansión Kido llevándose a Jabu, Kiki y a los demás consigo. 

—El amor de... Atenea... —

En contraste con su agitado corazón el mar Egeo que contemplaba desde el avión brillaba suavemente en un tono verde esmeralda. 

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