A salvo

Personajes: Aioros de Sagitario, Hilda de Polaris
Historia relatada siguiendo la cronología y argumento de la serie Soul of Gold, Spin off de Saint Seiya. Tomando como referencia el episodio 11, ‘‘¡Resurrección! Loki, el Dios malvado de Asgard’’, cuando Aioros es encontrado por dos sirvientes y llevado a Hilda. 

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Hacía unos días que le habían dado la noticia; sus soldados encontraron a un joven extraño en las barracas al rededor del castillo, estaba muy mal herido, además que cerca de él se encontraba una caja de cloth que parecía estar hecha completamente de oro. Sin si quiera ordenarlo, lo llevaron hasta el palacio. Allí, le tendieron una cama, comida caliente, le brindaron ropa nueva y abrigadora, además de curar los golpes y heridas que había recibido por todo el cuerpo. 

Para cuando la princesa Hilda se había repuesto parcialmente de aquella enfermedad que la había atacado por unos cuantos días, se dispuso a visitar a su inquilino, los guardias le informaban que solo despertaba para comer, después la fiebre lo atacaba haciéndolo dormir la mayor parte del día, deliraba en algunas ocasiones, pero todo en vano, no sabían cómo se llamaba o que hacía mal herido en un barranco.

Hilda recorrió la distancia entre su habitación y la del joven extraviado, al posarse delante de la puerta no había un guardia que lo cuidara o informara de su avance, apenas terminara de visitarlo los haría castigar. Con un giro del picaporte la puerta se abrió, Hilda entró sin hacer mucho ruido.

En la cama yacía un hombre, era joven, el cabello era castaño, un poco rizado pero corto. Su piel estaba dorada por el sol, lo que hacía resaltar los enormes músculos de sus brazos y pectorales, un muchacho muy fuerte a pesar de su delgadez. Tenía una banda roja en el cabello, una de las doncellas que lo había aseado dijo que se había opuesto cuando trato de quitársela. Aún después de haber pasado tiempo de su llegada el joven permanecía con los ojos cerrados, la princesa Hilda no hizo más que tomar el banquillo del peinador y acercarlo hasta la orilla de la cama, de esta forma tomó asiento, limitándose a solo observarlo mientras descansaba.

El muchacho comenzaba a temblar, quizás la fiebre había vuelto, la regente del palacio Valhalla se levantó precipitadamente, tomando un trapo entre sus manos, humedeciéndolo en el contenedor de a lado, cuando estaba por colocarlo sobre la frente del hombre la mano del mismo la detuvo, parecía algo impresionante, sus dedos rodeaban completamente la delgada muñeca. Fue entonces que Aioros abrió los ojos, sorprendiendo a los ojos plata con el verde de los suyos.

— E-estás ardiendo en fiebre, por favor permíteme. — Respondió con sorpresa. Había cierto rubor en su rostro.

— ¿Quién eres tú y que estoy haciendo aquí? — Comentó el muchacho, sin dejar de sostenerle por la mano. Podía observar cómo debajo del agarre la piel blanca de la muchacha se tornaba colorada.

—Soy Hilda de Polaris, representante de Asgard. Estás en el palacio Valhalla. — Una vez más trato de soltarse, sin embargo, la fuerza de Aioros era incomparable.

— ¿Asgard? Así que es aquí donde... diablos tengo que irme. — Arrojó el brazo de la muchacha con fuerza, apartándola de su lado al igual que la manta que cubría su cuerpo para finalmente levantarse. 
Aioros no llevaba camiseta, tan solo el pantalón que cubría la parte baja de su torso, dejando ver el cuerpo bien trabajado que poseía y esa piel canela que denotaba sangre caliente. 

— ¡No! — Objeto de inmediato. — ¡No puedes irte! Estás muy débil todavía — Colocó ambas manos sobre los hombros desnudos del masculino tratando de retenerlo contra la cama.

—Discúlpame, pero no tengo por qué hacerte caso, yo sirvo... — En ese momento Aioros había caído de nuevo a la cama y consigo el cuerpo de la princesa Hilda, su rostro estaba muy cerca del contrario, permitiéndole notar el sonrojo en su rostro. Las manos de Aioros comenzaban a acariciar con levedad la cintura y espalda de Hilda.

Un par de parpadeos de ambos dieron inicio a una acción completamente inesperada. Los gruesos labios del caballero ateniense habían atrapado los femeninos, dando el paso a lo que sería una desenfrenada serie de besos; la princesa Hilda estaba mucho más sorprendida que Aioros, pues no solo había comenzado a corresponder los besos, sino que le gustaba en demasía el sabor del masculino. Aioros rodeó sus brazos alrededor de la diminuta cintura, permitiéndole acomodar a la femenina sobre su cuerpo, siendo más exactos sobre el regazo, la larga tela del vestido de seda cubría por completo la parte baja del cuerpo del arquero.

Las delicadas manos de la joven sostuvieron el rostro del griego por escasos segundos al menos hasta que el hombre se levantó nuevamente de la cama, llevaba a Hilda sobre sus brazos hasta situarla por encima de la mesa que decoraba la enorme habitación. Las enormes manos del mayor se extendieron por la espalda de la princesa, haciendo que los finos listones que sostenían el vestido se aflojaran. Fue entonces que sus labios se separaron, dedicándole una sonrisa antes de poder continuar. 

Aioros tiro por la parte del cuello del vestido, provocando que la tela cayera, de esa forma sus pechos habían quedado al descubierto, al igual que el sonrojo y la excitación en el rostro de la representante de los nórdicos. El centauro estaba desesperado, lo demostró al momento de levantar y rasgar algunas capas del vestido de Hilda.

Corta fue su estancia en aquella posición pues casi de inmediato Aioros retiró a la princesa para después colocarla boca abajo. Sin alejarse mucho Aioros se deshizo de sus pantalones, sosteniendo por sí mismo el miembro, acariciándolo de tal forma que se tornara duro de manera casi inmediata.

Un golpe al trasero de Hilda le hizo saber que Aioros permanecía detrás suyo, fue entonces que la diestra dejó de sostener el miembro y de inmediato fue hasta la propia boca donde lamería parte de sus dedos, esos mismos los llevaría de regreso hasta la parte íntima de la princesa. El toque húmedo y la intromisión de los dedos le hicieron soltar un gemido y a la vez mover sus piernas. Fue entonces que los dedos del griego se movieron en forma circular en contra de su clítoris, también iban de arriba hacia abajo, alcanzando a rozar mínimamente la cavidad anal de la asgardiana.

Aioros dejaba escapar unos cuantos jadeos muy cerca del odio de Hilda que, aunque permanecía retraída en contra de aquel mueble disfrutaba de las acciones que el mayor realizaba. En ese momento Aioros comenzó a mover sus caderas, haciendo que la punta de su miembro realizara el mismo patrón de movimiento que sus dedos. 

Fue entonces que los introdujo con cierta levedad, haciendo temblar a la menor. No solo lo disfrutaba, la pequeña representante de Odín requería de más, fue entonces que sus caderas se movían en contra del joven caballero. Las pretensiones de Hilda de Polaris fueron bien entendidas por Aioros, así que continuo con los movimientos de vaivén creados por la diestra.

El caballero de sagitario no lo soportaría más, ella estaba tan deseosa como él, fue en ese momento que un escupitajo fue a dar hasta su miembro, de tal forma que cumpliera la función de lubricante. 

Para cuando Hilda quiso ver que ocurría el arquero ya la sostenía por las caderas con una fuerza inigualable, solo quedaba especular cuál sería su siguiente movimiento. Acertó finalmente con una embestida que aquel realizó, sin embargo, la cavidad en la que había irrumpido no era para nada la que Hilda tenía en mente.

Su miembro había irrumpido con brusquedad en la cavidad anal de la princesa. Doloroso, desgarrador, pero al final lleno de mucho placer fue el gemido que escapó de los labios rosados. La pequeña cavidad impedía que aquel hombre se moviera de inmediato, a pesar de querer que aquella joven se acostumbrara al tamaño, Aioros no podía esperar más, de otro modo alguien podía interrumpir en la habitación.

Por su parte el cuerpo de Hilda se negaba al retener el falo erguido dentro de ella, era una reacción normal del sistema. Aquello solo provocaba dolor, pues Aioros se aferraba a estar dentro de ella en esa posición. De un momento a otro comenzó a moverse, con ayuda de sus manos a la cintura hacía que el cuerpo más delgado fuera directo a chocar contra su pelvis. Deliciosa era la sensación de la cavidad tan estrecha, Hilda al principio sentía dolor, sin embargo, se aclimató lo suficiente para seguir los movimientos del extraño hombre.

El caballero de atenea no era una persona de conservar la misma posición durante mucho tiempo, pero sin duda aquella había sido la decisión correcta; una vez más introdujo los dedos en la vagina de la princesa, yendo a la par de sus embestidas, causándole un sinfín de sensaciones para la mujer. 

Sorprendente fue cuando su mano sintió los delgados dedos femeninos, estaban tratando de entrar a su propia cavidad. Al parecer buscaba mayor lubricación y así contrarrestar el dolor en la entrada posterior. Aioros paro en seco, Hilda suspiro de alivio, pero entonces el hombre se retiró de ella; agachándose solamente para dejar caer un hilo de saliva. Aquel rápidamente fue atrapado por los dedos contrarios, esparciéndolo a lo largo de su cavidad, pasando inclusive hasta la cavidad anal.

Aioros no solo hizo aquello, sino que también dio un par de lengüetazos; recreando el recorrido de sus dedos. Los pechos de Hilda estaban doliendo, sentía mucho placer, moría por volver a sentir dentro de ella el duro miembro. Nuevamente las manos de Aioros golpearon los glúteos de la representante, esta vez Hilda se giró, encargándose que el exceso de telas no interrumpiese la vista o el paso del hombre.

Apoyada sobre sus codos aún en el mueble, Aioros la volvió a sostener por la cintura, tardando medio segundo antes de volver a entrar en ella por la cavidad anal. Una sonrisa se dibujó en el rostro de la joven, estaba tratando de ahogar sus propios gemidos, al caballero le fascinaba el semblante; la forma tan seductora en la que se mordía el labio se había vuelto su cosa favorita. Las piernas tan blancas de la princesa se extendieron hasta apenas tocar los hombros del caballero, otro aspecto excitante para aquel hombre. Las embestidas causaban enrojecimiento en los glúteos y muslos de Hilda, jadeos y espasmos en Aioros.

Poco apoco el castaño se inclinó hasta ella, alcanzando a atrapar sus labios. Una vez más los estaba besando con pasión y desenfreno, al igual los movimientos en sus caderas que no disminuían, por el contrario, cada vez era más audible el choque de ambas pieles. Hilda llevó una vez más su mano entre sus piernas, deslizando dos de sus dedos en contra del clítoris, alcanzando a tirar un poco del excedente de piel.

Sus gemidos se volverían más fuerte si aquellos no fueran ahogados entre los labios propios y los del arquero. De un momento a otro, Aioros le atrapó el labio inferior, mordiendo y jalando del más delicado como si estuviera reteniendo algo, pero no fue así, su miembro había expulsado todo el líquido seminal que pudo, haciendo que un poco saliera por los bordes. Para la princesa de Asgard aquello había sido tan excitante, y un momento de alivio pues por más placentero que resultara aquel acto, el dolor en la parte trasera de su cuerpo se haría notar en muy poco tiempo, recordándole el acto con aquel extraño hombre.

Aioros había descubierto lo que era el placer en el palacio de Valhalla, sin siquiera saber que allá fuera entre la nieve, su hermano y sus compañeros se disputaban la supervivencia de aquel reino y el mundo entero.

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